La era del repliegue 1936-1959

 

Con unas buenas costeras de sardina, especialmente durante los años 1937-38 en que los desembarcos en Vigo alcanzaron máximos históricos, con un mercado interno garantizado por la Intendencia Militar y con facilidades para la exportación , los años de la guerra fueron en conjunto para el sector productor de conservas de pescado una época de fuerte expansión. Una de las consecuencias de este impulso fue una auténtica avalancha de creación de nuevas empresas que más que duplicaron su censo entre 1937 y 1941.

Asamblea de la Unión de Fabricantes de Conservas

Pero desde mediados de este último año la situación del sector cambió radicalmente: no solo la costera del a sardina fue extremadamente reducida, sino que en el mes de agosto se decreta la intervención de la Comisaria de Abastecimientos y Transportes CAT sobre el sector. LA CAT obligó a partir de entonces a la entrega de 60%  de la producción a un precio de tasa muy inferior al del mercado, autorizando en comprensión la venta libre del 40%restante. Si la empresa pretendía exportar una parte de esta cuota vería garantizado la concesión de la correspondiente licencia de exportación a un precio que multiplicaba por 5 al de tasa. Esta situación de dumping inverso colocaba a las sardinas en conserva a unos precios exagerados para el mercado internacional y hacia posible la exportación solo hacia aquellos países sólo con los que se mantuvieran acuerdos de clearing o que dispusieran de posibilidades de suministro alternativas. EL primer efecto de la intervención, agravado por la escasez de sardina de lo años 41-42, fue el vertiginoso derrumbe de las exportaciones que en la práctica quedaron reducidas a las realizadas a los territorios controlados por las potencias de EJE. La política de entregas forzosas a precio de tas se mitigó a partir de noviembre de 1943, pero no se eliminó definitivamente hasta 1948 y siguió constituyendo hasta entonces un poderoso freno a los intentos de relanzar la exportación.

La caída de las exportaciones tuvo consecuencias dramáticas en un sector que presentaba una enorme dependencia de ellas. Dado que aproximadamente la mitad de las necesidades de hojalata del sector se venían introduciendo del exterior bajo régimen de admisión temporal, el derrumbe de las exportaciones planteaba un doble problema: por una parte, el reintegro de los derechos por las cantidades no reexportadas en forma de latas de conservas en periodos anteriores; por la otra, y principal, al no disponer de  las divisas de la exportación, no se podía importar hojalata, en un momento en que la producción interior de esta última materia prima aún no se había recuperado de la caída de la Guerra Civil. Los organismos reguladores, en este caso el denominado Comité de la Hojalata y el Estado y los Sindicatos Nacionales del Metal y la Pesca, impusieron una solución semejante a la que ya se estaba ensayando en otros ámbitos de la economía, la centralización de todos los suministros y su distribución por un sistema de “cupos”. Del éxito de este sistema puede dar una idea el hecho de que la asignación total de hojalata durante los años siguiendo alcanzó ni siquiera el 10% de las cantidades que se habían consumido en 1935, causando una carencia tal de estas materia prima que forzó en ocasiones al uso de chapa de acera negra como envase para la conserva. El sistema de cupos se extendió al aceite, al estaño, al plomo y a la práctica totalidad de las materias auxiliares de la industria conservera y a la escasez y el sistema de cupos también. A todos estos problemas se vinieron a añadir a partir de 1945 las restricciones eléctricas, que se prolongaron durante varios años y fueron un factor retardatorio de la introducción de mejoras consumidoras de tal energía.

Las consecuencias de esta combinación intervención/escasez de materias primas pronto se hicieron evidentes. Un hundimiento de la producción registrada a niveles próximos al 50% de los de preguerra y un fuerte incentivo en la elaboración y distribución del producto a desviar la mayor parte posible por canales alternativos a los oficiales. Las conservas de pescado desaparecieron de las tiendas minoristas y su oferta, incluso en los propios centros de producción, se restringió a la del mercado negro. Las empresa buscaron todo tipo de mecanismos para evitar la escasez, tratando de orientarse a productos con menos consumo de aceite o situado sus nuevas plantas en rías con menor grado de fiscalización de la actividad como era el caso de Arousa frente a Vigo. Todas ellas se encontraron con un enorme exceso de capacidad, que algunos observadores llegaron a estimar en un 85% para el conjunto del sector, que lastraba especialmente a las que habían realizado inversiones en crecer y modernizarse en los años anteriores, y que dificultaba en todo caso la absorción de los gastos generales.

Pero a los problemas ocasionados por el aislacionismo e intervencionismo del régimen se unieron los de una nueva desaparición de la que por aquella altura era todavía principal especie enlatada, la sardina. Los años 1946 a 1955 registraron la peor y más prolongada caída en los desembarcos de sardina en las rías gallegas de todo el s. XX y sitúan a la industria al borde de la parálisis. Para paliar los efectos de la crisis, los fabricantes realizaron un importante esfuerzo por diversificar el producto enlatado, especialmente en dos direcciones; la de los túnidos en los que el bonito llega a convertirse en la principal especie elaborada de la época, y en la de los moluscos, en los que el producto más utilizado fue el berberecho. Como parte de esta estrategia, un grupo de fabricantes toma posiciones en el aún incipiente sector del mejillón y comienza a enlatar el producto de algunas de las primeras bateas, impulsando así el desarrollo de un nuevo sector que adquiriría gran importancia posteriormente.

Intervención y escasez con todos sus efectos perversos se prolongaron para la conserva durante toda la década de 1940, dejando secuelas que tardaron en desaparecer. La primera de ellas, la pérdida de los mercados exteriores precisamente en un momento tan favorable como era el de la Segunda Gran Guerra. El aislamiento de la economía española al final de la contienda, el  premiosos y burocrático régimen de intervención del cambio que se consolidó entonces y la fuerte sobrevaloración de la peseta que se mantuvo durante toda la década se convirtieron en un obstáculo más a la recuperación de las exportaciones. La ausencia del a conserva gallega de los mercados internacionales dejó el campo libre a otros países productores, especialmente a Portugal, de forma que cuando se intente volver al mercado exterior , la recuperación de los antiguos clientes es ya una tarea extremadamente difícil . Los paliativos establecidos para el fomento de las exportaciones, como la denominada Operación CP-1, que venía a flexibilizar algunos elementos burocráticos y del control de cambios y que se prolongó durante casi veinte años, no lograron ni siquiera, que cuando en 1979 cesan tales operaciones, el sector alcanzara el nivel de exportaciones de la preguerra civil ( Véase Grafico nº1).

La conserva gallega produjo así durante los años cuarenta y la mayor parte de los cincuenta para un mercado garantizado y poco exigente, dominado por la CAT y el estraperlo, donde los techos de facturación no estaban determinados por ninguna posición competitiva sino por los cupos de administrativamente asignados a cada empresa. En estas condiciones el incentivo para la renovación de los equipos para la innovación, y en general para la inversión era prácticamente inexistente, lo que produciendo una descapitalización del sector que constituiría un fuerte pasivo a medio plazo.

Finalmente, la situación vivida por el sector conservero durante los años 40 tuvo un efecto muy negativo sobre la estructura empresarial del sector. La proliferación de empresas muchas de ellas marginales, creadas en los años 1937 a1941, va a encontrar en el cupo de hojalata y aceite, establecido en función de la producción de esos años , un seguro de vida que garantice su supervivencia mientras se mantenga la intervención. En una situación de escasez, esta supervivencia para todos significaba mantener artificialmente empresas marginales a costa de restringir  la producción de los más eficientes. La producción media por empresa se redujo fortísimamente en relación a la situación de la preguerra. Las empresas mayores se encontraron con unos activos desproporcionados para sus posibilidades de facturación-algunas establecieron plantas en Portugal o Canarias, y el sector se convirtió en un dominio de la empresa familiar en el que no tenía sentido proseguir la tendencia de la preguerra que parecía llevar hacia un proceso de tipo chandleriano de crecimiento, integración y profesionalización de la gestión. El dominio de una pequeña empresa familiar con graves problemas de descapitalización, que era la característica central del sector en vísperas del Plan de Estabilización de 1959, no era una característica innata sino un resultado sobrevenido , el resultado del primer franquismo que había situado a la industria  conservera gallega en posición de derribo.

La historiografía económica reciente ha señalado como uno de los efectos de la política económica del primer franquismo fue el de la discriminación de las industrias de bienes de consumo a favor de lo dedicados a fabricar productos químicos e intermedios y a las actividades de interés militar así como de las que exportaban a favor de las que no lo hacían. El caso de la industria conservera gallega cuadra perfectamente en esta descripción.