Vendiendo en todo el mundo: la industria conservera hasta la guerra civil

Una vez consolidada y dotada de la que sería su organización representativa, la industria conservera seguirá creciendo, ahora ya emancipada de toda tutela externa en cuanto a marcascanales de comercialización,

José Ramón Curbera Fernández. Presidente (1912-1918) y en (1927-1933)

hasta la crisis sardinera de 1909-1912. Los conserveros gallegos se encontraron por primera vez entonces en una situación semejante a la que habían sufrido los industriales franceses treinta años antes,  y para evitar la paralización de las fábricas se vieron obligados a extender su área de compras hacia el sur y a diversificar las especies enlatadas, utilizando para ello por primera vez el bonito adquirido en el Cantábrico. Más a largo plazo, los conserveros trataron de favorecer la ampliación de las zonas de pesca impulsando la vaporización de la flota sardinera e incluso adquiriendo ellos este tipo de vapores para poder pescar más lejos e independizarse de la Lonja. La situación se repitió durante los años de 1924-26, y aunque esta segunda crisis sardinera fue aún más grave que la primera, su efecto fue menor, debido a que entre una y otra el sector se había capitalizado e integrado verticalmente gracias a los beneficios obtenidos durante la primera guerra mundial. De esta forma, aunque estas dos crisis sardineras, especialmente la primera, representaron un freno a la expansión del sector y se saldaron con algunas quiebras, no fueron suficientes sus consecuencias negativas como para hacer perder su competitividad a una industria que tuvo en el conjunto de este periodo uno de sus momentos más brillantes.

La neutralidad española durante la primera guerra mundial abría la posibilidad de vender a los países contendientes a precios prácticamente de subasta, de forma que superados algunos problemas de suministro de hojalata que se produjeron durante los primeros momentos de la guerra los conserveros estuvieron en situación de vender al exterior a unos precios muy superiores, unas cantidades muy semejantes a las que venían facturando en años anteriores. Y aunque los beneficios de la guerra no lo fueron para todos por igual e incluso hubo empresa que no los tuvieron en absoluto-lo cierto es que la de la Primera Guerra Mundial fue para el conjunto del sector y, desde este punto de vista, la mejor época de toda su historia.

Los beneficios de la guerra permitirán a los industriales de la conserva invertir en dos direcciones principales. La primera de ellas en la reducción de su vulnerabilidad frente a las fluctuaciones de la pesca, una estrategia en la que operaron en dos frentes. El primero de ellos, el de la adquisición de barcos que les permitieran ir a pescar más lejos. El segundo, el de la construcción o compra de nuevas fábricas en otras áreas de Galicia o de la península, bien con el objetivo simplemente de crecer, o bien con el de reducir riesgos instalándose en lugares donde la presencia de la sardina no coincidiera con la de las rías o donde existieran otras especies rentables. Dentro de esta estrategia se produce por ejemplo en la segunda mitad de los años veinte el establecimiento de varias empresas viguesas en el puerto lucense de Celeiro o la  instalación de ellas en Andalucía y Portugal.

La segunda dirección en la que se invirtieron los beneficios de la guerra fue en la integración vertical, es decir en la internacionalización por parte de las empresas de actividades situadas en su cadena de valor que hasta aquel entonces se habían contratado. Algunos empresas montan así sus propios talleres de fabricación de llaves a sus aserraderos, amplían sus propias flotas pesqueras e incluso una de ellas establece en Vigo una fábrica de desestañado para el reciclado de los recortes de hojalata que antes se enviaban para su aprovechamiento en Alemania pero que ahora ante el ascenso de los precios del estaño se convertía en una actividad atractiva para ejercer en Vigo.

Finalmente, la  guerra mundial significó también una cierta modernización tecnológica, pues la escasez de estaño durante ella impulsó la difusión de procedimientos de cierre que no utilizasen soldadura, de esta forma, las máquinas Reinert, que hasta entonces solo un pequeño grupo de fábricas había importado de Noruega, se generalizan en todo el sector, traídas ahora de Bilbao, ciudad en la que la empresa Somme estableció una filial en 1915.

A finales de los años veinte la industria conservera gallega sigue siendo un sector básicamente exportador y sardinero, aunque ya que algunos empresas sobre todo en Galicia cantábrica enlatan pequeñas cantidades de bonito o incluso de anchoa. Pero esta época del producir para exportar estaba a finales de los años veinte en sus últimos momentos. Primero porque la contracción del comercio internacional que iba a ocasionar la Gran Depresión de 1929 tenía que afectar necesariamente a una industria exportadora y, segundo porque cuando se inicie la recuperación general y la conserva levante el vuelo de las ventas exteriores, estallará la guerra civil española, una guerra que precederá la época de mayor aislamiento internacional de nuestra historia contemporánea ;una y otra obligarán a cambiar la orientación de la industria hacia la venta casi exclusiva en el mercado interior español.

La Gran Depresión afectó a la industria conservera gallega con cierto retraso, debido a que las excelentes costeras de 1929 a 1931 y la fuerte depreciación de la peseta respecto a las monedas de los clientes europeos permitieron reorientar hacia estos durante los dos primeros años de la crisis una parte de las exportaciones que antes se dirigían a los latinoamericanos y que ahora se veían frenadas por la elevación de aranceles de clientes tradicionales como por ejemplo Argentina. De esta forma la caída de las ventas exteriores se produce solo durante los años 1932-1934 y en una cuantía que se podría situar en torno al 25% de las cifras del bienio anterior, una evolución muy suave en comparación con competidores europeos como Portugal o Noruega. De hecho, entre 1929 y 1931-en plena Depresión-España vuelve a ocupar por primera vez desde 1909 el primer puesto entre los exportadores europeos de conservas de pescado.

El problema era que el coste del mantenimiento de las exportaciones había resultado muy alto, pues había implicado el envío de grandes partidas en consignación a Europa, especialmente Alemania, que habían contribuido a la caída de los precios en curso por la debilidad de la demanda de bienes de consumo derivada de la fuerte incidencia de la depresión en la economía alemana. La situación empeora en 1932 con el establecimiento de contingentes en algunos clientes europeos como Francia, con la generalización del bloqueo de los saldos en divisas de los clientes latinoamericanos a los que los conserveros vendían cerca de un 35% de la producción, y con los aumentos en los costes del trabajo consecuencia de la nueva legislación laboral republicana.

Los problemas en los mercados exteriores, en especial los ocurridos en los países latinoamericanos durante los años 1931 a 1933, así como la continua caída de los precios del mercado internacional , convencen a los conserveros de que, con unos precios decrecientes en una época de buena pesca, no resultaría complicado aumentar la penetración en el mercado nacional al que hasta entonces no se había prestado apenas atención. Las principales empresas conserveras multiplicaron así el número de representantes en las plazas españolas y realizaron campañas de promoción de cuyo resultado la Unión se enorgullecía ya en el año 1935 al presentar las estadísticas del año anterior en las que 15.694 toneladas vendidas en el mercado internacional quedaban ya por debajo de las 17.724 que se habían dirigido al interior.

Gaspar Massó García. Preside en (1935 -1937 )(1938-1939)

La reorientación de las ventas hacia el mercado nacional fue un éxito rapidísimo desde el punto de vista comercial, pero probablemente lo fue mucho menos desde el de los resultados empresariales. La mejora en la distribución de la renta que se produce España durante la Segunda República favoreció la penetración en ciudades como Madrid o Barcelona pero en todo caso desvió casi repentino al mercado interior de una parte de importante de la producción conservera tuvo en efecto depresivo sobre los precios. La industria consiguió con los años anteriores pero a costa de experimentar resultados poco remunerativos.

Las empresas más capitalizadas se mantuvieron hasta la recuperación ya observable en 1935, pero otras sucumbieron a la depresión solo en Vigo desaparecieron nueve empresas sobre treinta y nueve existentes.

Cuando en 1935 comienza a recuperarse la situación es ambivalente: el número de empresas se ha reducido pero el sector no ha perdido sino que ha ganado un nuevo mercado, el español. LE problema en los años siguientes sería precisamente este, que lo que había sido un logro de la industria pasaría a convertirse, por efecto de la política económica de los años cuarenta, en una condena.