La Larga reestructuración del sector y las nuevas tareas de la Unión

 

Antonio Alfageme del Busto. Presidente  (1948-1955)- (1961-1974)

El regreso de la sardina a las costas gallegas a partir de 1956, la progresiva liberalización a partir de 1958 de los controles que afectaban a las materias primas utilizadas por el sector y la moderada apertura general de la economía tras el Plan de Estabilización de 1959 parecían por fin presagiar la definitiva recuperación para la conserva. Y así, superados los efectos deflacionarios de la propia Estabilización y la crisis del metílico del año 1963, las cifras de fabricación comienzan a crecer. Es el mercado interior el que absorbe la mayor parte de los aumentos de producción, pero en todo cado también acompaña un tímido impulso exportador que se ve amplificado por la devaluación del 1967. Este crecimiento que durará mediados de los  sesenta, está basado todavía en la elaboración de especies tradicionales como la sardina, y en menor medida de otros que lo son menos, como el mejillón o los cefalópodos. A pesar de este carácter tradicional que sigue dominando en la composición del producto, es sector se sitúa hacia 1974 en máximos históricos de producción, aunque las exportaciones se mantengan todavía por debajo de los niveles de la guerra civil.

Curiosamente, la expansión de la producción de los años sesenta y setenta fue acompañada del mayor movimiento de desaparición de empresas conserveras desde que se había conocido desde la crisis sardinera de 1909-1912. Esta aparente paradoja ponla así en evidencia tanto las insuficiencias de la liberalización económica de finales de los cincuenta y los problemas estructurales de la economía española del segundo franquismo como los propios problemas de fondo del sector, a los que no se había en absoluto puesto solución durante los años del desarrollismo.

El primer grupo de problemas tenía que efectos diversos , pero el fundamental era el de inflar los costes de producción en una situación todavía de intervención interior y trabas de acceso a los mercados exteriores que dificultaban tanto trasladar aquellos a los precios como realizar la profunda transformación que el sector precisaba. Aunque el comercio de la hojalata, por ejemplo ya no estuviera sometido a cupos, la insuficiente liberalización del comercio exterior mantenía elevados los aranceles, lo que unido al monopolio de la producción interior por parte de los Altos Hornos producía un suministro caro e irregular. La necesidad de modernizar el equipo capital de las empresas chocaba por su parte con el atraso de la industria española de construcciones mecánicas, con el mantenimiento de un régimen de licencias y elevados aranceles a su importación, con la escasez de divisas y con el elevado precio del dinero. Los dos grandes mercados supranacionales, la CEE y la EFTA, mantenían elevados aranceles para nuestras conservas que no aplicaban a nuestras competidores, bien porque eran miembros de ellas o porque disponían  de acuerdos preferenciales. La ley del Crédito Naval y Modernización de la Flota Pesquera de 1961 estaba produciendo una modernización en el sector congelador y de gran altura pero había dejado desatendida la pesca más tradicional que era de la que precisamente se surtía la conserva. Las  capturas de especies como el bonito o la anchoa y otras por las que había apostado un grupo de conserveros desde los años de la crisis sardinera, se mantuvieron estables o incluso descendieron ligeramente, produciéndose un fortísimo crecimiento de sus precios que se puso en una difícil situación a los fabricantes que no podían trasladar a los precios finales unos aumentos que afectaron no solo a las materias primas sino también de forma relevante  a los costes  laborales.

El segundo grupo de problemas era ya el de los propios del sector, acumulados durante el periodo autárquico y que, aunque diagnosticados con precisión desde las páginas de la revista de la Unión, Industria Conservera, no habían recibido en la práctica ningún tipo de solución: escaso grado de mecanización, atomización empresarial, debilidad financiera, excesiva dependencia del mercado interior y alarmante exceso de capacidad.

La historia del sector conservero de los últimos cuarenta años es en realidad la del esfuerzo empresarial por supera estos problemas estructurales en un marco progresivamente más abierto y competitivo, y aún a riesgo de incurrir en grosera simplificación, podríamos arriesgarnos a decir que este esfuerzo se resume en dos resultados estrechamente relacionados: atunización del producto y concentración del mercado, y que ambos han producido  en los últimos dos decenios una segunda revolución del sector.

La sardina fue sin duda el símbolo de la moderna industrialización de la conserva, y se mantuvo como indiscutible primera especie de la gallega hasta la crisis sardinera de los años 1946-55. La recuperación de las capturas en la segunda mitad de esta década la volvió a situar como primera especie enlatada durante unos pocos años. Pero la dependencia de este cupleido era ya más por aquel entonces una atadura que una ventaja para el sector. Por una parte, porque la conserva de sardina de había convertido en un producto muy maduro con unas perspectivas de crecimiento limitadas en los países de niveles de renta medios o elevados; por otra, porque la sardina-y laso tras especies tradicionales- se trabajaba solo durante los meses  de su costera, dejando así unos tiempos muertos que ocasionaban una fuerte infrautilización de las instalaciones y una difícil absorción de los costes fijos , sujeto todo ello además al riesgo ocasionado por la fuerte aleatoriedad del cupleido. Estas circunstancias frenaban el progreso tecnológico, tendían a mantener reducida la relación capital/producto y a hacer de la abundancia y baratura de la mano de obra una ventaja decisiva para la localización de la industria, una ventaja decisiva para la localización de la industria, una ventaja que con la progresiva transformación del marco de la negociación laboral que se inicia en los sesenta estaba condenada a desaparecer. Sobre las 20 o 30.000 toneladas de desembarcos de bonito que se producía en los mejores años, de las que además de tenía que surtir el consumo fresco, tampoco se podía basar una industria con una escala suficiente como para justificar la mecanización de los procesos de transformación.

La sardina, el bonito, o los diversos pescados y moluscos que se venían enlatando podían servir para mantener un segmento de la industria, especializado en productos de calidad y precio elevado, lo que por otra parte exigía una remodelación de todo el sector pesquero de bajura y del marisqueo, pero difícilmente podrían ser la base para un relanzamiento del sector en la línea de lo que era su segmento más avanzado internacionalmente. Para que emergiera ese segmento, el competitivo en precio era necesario una reorientación de producto. Y este producto, en la línea de lo que se venía haciendo en Estados Unidos o en Japón, era el atún.

La fuente que vino a proporcionar capturas suficientes de atún como para poder convertir al escómbrido en base de una renovada industria conservera fue la nueva pesquería del atún tropical que se inicia en España durante los años sesenta, pero que no se desarrolla hasta las dos  décadas siguientes, una pesquería realizada en un principio en las costas africanas pero poco a poco se irá extendiendo hasta llegar  en los noventa al Pacífico y al Indico, y que por la distancia a la que se capturaba exigía la congelación a bordo. La expansión de la oferta mucho más allá de lo que podía proporcionar ninguna especie de las tradicionalmente enlatadas  por la industria española y su ajustado precio permiten aumentar los techos productivos de la industria, al tiempo que la posibilidad de mantener estas nuevas variedades de atún en los frigoríficos e ir trabajando a lo largo del año completo, permitía romper con la estacionalidad y el riesgo típicos de la conserva tradicional.

Fernando de Haz de la Gándara. Presidente de la Unión de Fabricantes de Conservas de Galicia  (1974-1977)

La abundancia del escómbrido permitía avanzar en la dirección de convertirlo en el eje de la producción conservera, con las ventajas que esta especie ofrecía desde el punto de vista de la tecnología y la organización del trabajo en la fábrica. Porque el atún, por su mayor proporción entre vianda y desperdicios, por su mayor consistencia y homogeneidad y en general por sus características organolépticas era la especie de contaba con una más avanzada tecnología disponible para la mecanización de su procesado. La combinación de actividad continua a lo largo del año con un importante aumento en la mecanización del trabajo venía a constituir una revolución en la industria, que se trasladó al mercado a través de masivos campañas de publicidad, desarrolladas en televisión y otros medios y que contribuyeron a ampliar la penetración del producto. Las conservas de atún se convirtieron de esta forma ya hacia finales de los años setenta en el eje de la producción conservera en términos de valor, habiéndose desarrollado de forma extraordinaria en los noventa en los que además sus exportaciones han crecido espectacularmente. La abrumadora superioridad de las conservas de atún en el conjunto de los años 1994-2000 aquellas han representado en peso- y mucho más en valor-el 65% del total.

El segundo rasgo relevante del proceso de reestructuración del sector ha sido la fuerte concentración que se ha producido. Si utilizamos como indicado de este avance del proceso de concentración la cuota de mercado de las cinco primeras empresas del sector, estas representaban en 1959 el 20% del total de la producción; en la actualidad superan el 50%. El rasgo principal de este proceso de concentración ha sido que se ha producido por la vía del crecimiento interno de un pequeño número de empresas y no a través de ninguna política de fusiones y absorciones. A su vez esta característica del proceso ha ido acompañada, como era de esperar vista la vía adoptada, de la desaparición de un elevadísimo número de empresas.

La desaparición de empresas ha sido el resultado de los problemas estructurales que afectaban al sector pero ha sido el resultado de los problemas estructurales que afectaban al sector pero ha sido más rápida en algunas coyunturas especialmente desfavorables. EL primer máximo en cuanto a ceses empresariales se produjo en el año 1963 , cuando las ventas de escabeches se vieron negativamente afectadas por la crisis del metílico; durante estos años el saldo inicios/ceses fue claramente negativo, especialmente a partir de 1966, lo que se tradujo en la disminución del censo empresarial a un ritmo relativamente que se acelerará en los setenta cuando por efecto de la crisis general no solo las desapariciones se harán abundantes sino que la creación de empresas de sitúa y abajo mínimos. Los años ochenta comenzaron con una punta de mortalidad ocasionada por la concatenación de varios problemas casi simultáneos: el incidente del aceite de  colza que se produce en 1981 y que se prolonga durante el siguiente, las mareas rojas del mejillón y los impagos de las conservas vendidas a Libia, un mercado que había alcanzado cierto protagonismo en las exportaciones en años anteriores.  La tendencia ya no se detendrá hasta la actualidad. Desde 1959 han desaparecido las  tres cuartas partes de las empresas conserveras.

A lo largo de estos difíciles cuarenta años el sector conservero gallego ha evolucionado en todo caso mucho mejor que el español o el europeo en su conjunto, habiendo aumentado su peso dentro del primero a cifras que superan el 75% para cualquier variable que utilicemos, cuando todavía a comienzos de los sesenta se situaba en torno a un 50%. Igualmente ha consolidado un segmento internacionalizado, que sin desdeñar otras producciones adquiere su principal ventaja a través del atún, que en parte integra verticalmente-individualmente o a través de sociedades- el suministro de la materia prima, y que dispone de plantas que incorporan economías de escala. A su lado, se consolida otro segmento más artesanal, orientado a producciones diversificadas y dirigido a segmentos altos de consumidores, que en unos casos trabaja bajo marca propia y en otros también para cubrir producciones que no entran en las líneas de los líderes del mercado. En conjunto, los dos sectores e incluso un tercero intermedio en el que quizás se podían encuadrar algunas empresas, siguen a día de hoy en siendo un activo importantísimo  y dotado de un fuerte dinamismo dentro de un sector marítimo que ha sido y sigue siendo crucial para el desarrollo económico de Galicia.

Las transformaciones económicas y políticas de los últimos cuarenta años y los vertiginosos cambios que afectaron al sector durante el  mismo período se han correspondido como era de esperar con una fuerte reestructuración de la orientación, las funciones y el ámbito societario de la Unión de Fabricantes. La vieja Unión de adaptaría al final de la autarquía, integrando a los fabricante coruñeses de CICSA y convirtiéndose en operativa en el año 1967 como estrategia para escapar definitivamente de la tutela de la Organización Sindical. En 1977 comenzaría su proceso de ampliación a industriales de otras partes de España transformándose así en ANFACO y al año siguiente y con el objetivo de unificar las posiciones frente a la administración y los organismos europeos, promovería la Federación Nacional de Fabricantes de Conservas en la que se integraría además de ANFACO las asociaciones de Fabricantes de Vizcaya, Andalucía, Asturias, Cantabria y Canarias.

En lo que se refiere  a los cambios en las funciones y la orientación de la Unión, con la supresión progresiva de la intervención sobre las materias primas, y la tímida liberalización económica de finales de los cincuenta, aquella fue dejando de ejercer las funciones de intermediación entre el sector y los organismos económicos del Estado, a las que las circunstancias políticas y económicas de la época la habían abocado. Este cambio fue lento, y de hecho organismos reguladores siguieron existiendo hasta bien entrada la democracia, pero en todo caso el proceso fue permitiendo a la Unión el relanzamiento de actividades que le habían sido propias desde su Fundación y que se habían visto relegadas durante la época de la autarquía. De enorme importancia en este sentido fue la progresiva incorporación de España a los organismos económicos internacionales y la igualmente progresiva-aunque muy lenta-apertura comercial española que permitieron a la Unión amplificar esfuerzos en el ámbito de la información y promoción de exportaciones, un ámbito al que actualmente ANFACO dedica parte importante de sus recursos humanos. Dentro de esta área de actuación  internacional, la defensa del sector frente a las discriminaciones arancelarias y otras barreras al comercio para la conserva española, especialmente en el área comunitario, han sido también, antes y después de la integración de España en la Unión Europea, uno de los esfuerzos que la Unión ha desarrollado.

Otra de las áreas que se han visto espectacularmente reforzadas durante los últimos años  ha sido la que había iniciado modestamente el Laboratorio Técnico en 1949. La mayor sensibilidad que se impuso durante este periodo sobre los temas sanitarios y de calidad así como la necesidad de incorporar colectivamente las labores de I+D llevó a la Unión a acentuar su actividad en la prestación de este tipo de servicios a sus asociados. En este sentido la creación de CECOPESCA en 1994 es un hito difícilmente exagerable que consolida la orientación de ANFACO hacia servicios relacionados con la calidad y la acreditación, una orientación que recibió el aval del Ministerio de Ciencia y Tecnología con la concesión en 1997 de la categoría de Centro de Innovación y Tecnología (CIT).

Finalmente, una de las transformaciones de mayor calado en las que se ha embarcado ANFACO en los últimos años ha sido la ampliación de su propio ámbito sectorial, desde la tradicional de las conservas al conjunto de las industrias marítimas en una línea acorde con la propia evolución reciente del sector.